¿Y si ser perfecto no fuera suficiente?
- 15 dic 2025
- 3 min de lectura
Actualizado: 9 mar

Ser humano siendo humano.
La aventura diaria de ser nosotros.
Hay una verdad que solemos olvidar, aunque late en cada gesto cotidiano: somos seres asombrosos.
Tú, que estás leyendo esto ahora, eres una de esas personas maravillosas capaces de sentir una gama infinita de emociones.
Alegrías que iluminan, tristezas que pesan, asco, miedo, sorpresa o esa ira que, a veces, nos arrolla.
Un día actuamos como héroes, otro como villanos; a veces hablamos sin escuchar, otras escuchamos sin hablar…
y más de una vez simplemente oímos, sin realmente escuchar.
Esta contradicción constante no es un error:
es humanidad pura.
Como seres sociales, vivimos rodeados de vínculos.
Algunos nos elevan, otros nos desafían y unos cuantos…
bueno, de esos preferimos pasar tres pueblos.
Pero también existe la relación más decisiva de todas: la que mantenemos con nosotros mismos.
Cómo nos miramos, cómo nos valoramos, qué nos decimos en silencio.
Y quizá —solo quizá— sea ese diálogo interno lo que nos sostiene cuando despertamos cada día para enfrentarnos al “león” que nos espera.
Porque aceptar la realidad tal como es también exige valentía: hoy ya no vamos solo a “ganarnos el pan”, vamos a cazar un leoncito diario
para poder traerlo a casa.
Y aun así, seguimos creando.
Desde pequeños demostramos una creatividad casi ilimitada.
¿Quién no elaboró alguna vez una excusa digna de un guion cinematográfico para justificar una tarea sin hacer?
Los abuelos que reviven más veces que un personaje de Highlander, o ese agujero negro que aparece selectivo,
devorando únicamente los deberes escolares.
La imaginación infantil es solo el entrenamiento inicial de lo que,
como adultos, somos capaces de construir:
soluciones ingeniosas, tecnologías que moldean el mundo y estrategias para adaptarnos a este “mundete” que tantas veces nos hace exclamar: ¡Dios mío!
Nuestra capacidad de reinventarnos, de romper patrones y reconstruirlos,
de superar dificultades con creatividad y eficacia,
es algo que ningún gorila, por muy cercano a nuestra especie,
ni ningún delfín —por más inteligente que sea—
puede replicar con la complejidad que nosotros desplegamos a diario.
Y eso es lo verdaderamente extraordinario.
Llevamos dentro lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo sombrío, y es precisamente esa dualidad
la que hace tan rica
nuestra experiencia humana.
Llevamos dentro lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo sombrío,
y es precisamente esa dualidad la que enriquece nuestra experiencia humana.
Vivir conscientemente los éxitos y los fracasos, permitirnos sentir tanto lo agradable como lo incómodo, es lo que nos acerca a nuestra esencia.
Porque la conciencia de lo que somos, sentimos y hacemos es la llave que abre nuestra evolución personal.
Cada día podemos ser un poco mejores, incluso cuando no hacemos nada extraordinario… porque el simple hecho de ser ya es extraordinario.
La conciencia es lo que nos transforma
Y aquí viene algo esencial:
NO tenemos que poder con todo.
A veces vivimos como si tuviéramos la obligación de ser perfectos, de saberlo todo, de hacerlo todo bien y de justificar cada paso que damos.
Pero la realidad es otra, mucho más humana: nadie es brillante en todo, y nadie es un desastre en todo.
Hay quienes sobresalen en unas áreas y tropiezan sin remedio en otras.
Hay quienes entienden de números pero se pierden en las emociones;
quienes cocinan maravillas pero no recuerdan un cumpleaños;
quienes escuchan como nadie, pero no saben qué decir.
Y está bien. Porque eso no te resta valor; te define.
Cada uno de nosotros trae una combinación irrepetible de habilidades, torpezas, talentos, manías, intuiciones, miedos y genialidades.
Y precisamente ahí —en esa mezcla única— está nuestro verdadero brillo.
Si todos fuéramos iguales, si respondiéramos siempre del mismo modo,
si funcionáramos sin fallos ni altibajos…
entonces no seríamos humanos.
Seríamos máquinas, sistemas programados,
engranajes repetitivos....
Pero lo que nos hace humanos es justamente lo contrario:
la diferencia, la variabilidad, la sorpresa.
Y, sobre todo, esa certeza íntima de que valemos.
Valemos porque somos distintos.
Valemos porque aportamos algo que nadie más puede aportar exactamente del mismo modo.
Valemos porque estamos en construcción permanente.
Y si estás leyendo estas líneas, recuerda algo esencial:
ya lo tienes todo para ser extraordinari@ a tu manera.
Sé integral. No permitas que te falten partes.
Eres un todo, y cada pieza de ti merece estar presente.
Gracias por estar aquí.
En este espacio donde cuidamos nuestra mente, nuestro cuerpo
y nuestras emociones.
Donde activamos la vitalidad que nos conecta con lo más auténtico de ser… simplemente humanos.
Gracias por estar aquí.
Si esta reflexión ha resonado contigo, guárdala con cariño
y compártela con alguien que la necesite.
También puedes visitarnos en nuestras redes sociales.
Porque cuando te escuchas, la vida se calma.
Abrazo consciente.







Comentarios